
«Las calles de Jerusalén pulsaban con la vida característica de la ciudad, siempre abarrotadas y bulliciosas. El sol del mediodía derramaba su cálido resplandor sobre las callejuelas empedradas, iluminando las estrechas casas de piedra y los coloridos puestos de mercado que se alineaban a lo largo de las aceras. Ewan McKenzie, un historiador y lingüista apasionado por los viajes, se sumergía en el frenesí de la ciudad, absorbiendo cada detalle con avidez mientras recorría las sinuosas calles. Inspirado por la historia palpable que se respiraba en cada rincón, se entregaba a la exploración con una mezcla de asombro y expectación. Jerusalén era mucho más que un destino turístico para él; era un lugar donde el pasado y el presente se entrelazaban de manera única, y donde se encontraba en medio de una apasionante “misión”.
Su mente se desvió hacia el motivo principal de su visita a la ciudad santa. Un anciano arqueólogo escocés y amigo personal, Callum McGregor, poseía una colección de papiros sorprendentemente bien conservados, con casi dos mil años de antigüedad. Callum se había negado a dar más información por teléfono, cuando lo llamó para invitarlo a Jerusalén.
Ewan había cruzado su camino con el del anciano en la Universidad de Aberdeen, cercana a la pintoresca ciudad de Stonehaven, donde Ewan había nacido y aún vivía, y donde Callum había sido su respetado profesor de teología aplicada. La noticia del descubrimiento de los papiros había despertado en Ewan la curiosidad y una vieja determinación inquebrantable por desentrañar su misterioso contenido.
Continuó su recorrido por las callejuelas serpenteantes, maravillado por la mezcla de culturas y tradiciones que se entrelazaban en cada esquina. Un pequeño puesto de frutas captó su atención y se detuvo para explorar su colorido surtido. Se deleitó con la fragancia embriagadora de los dátiles frescos, la tentadora suculencia de las granadas maduras y la dulce promesa de los higos jugosos. Tras hacer su selección, se encaminó de nuevo hacia las sinuosas calles, saboreando las delicias locales mientras avanzaba.
Antes de abandonar el mercado, no pudo resistirse a adquirir una generosa cantidad de aceitunas de Jerusalén, un regalo especial para su madre, Fiona McKenzie, cuyo amor por los tesoros culinarios no conocía límites….»
Estos son los primeros párrafos de «El Manuscrito Cachemira», un libro en el que estoy trabajando. La Premisa que me guía es «¿Qué pasaría si apareciera una carta de puño y letra de Jesucristo?». lugares, personajes y hechos son retratados, retorcidos o usados tal y como ocurrieron. Ewan es un personaje rico, que no solo protagonizará este libro, sino al menos, otros dos en los que ya estoy pensando.
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